Do It Today

Cómo saber qué quiero: preguntas y ejercicios para encontrar tu camino

Por qué cuesta tanto responder «¿qué quiero?» y cómo encontrar la respuesta con ejercicios, un diario de energía y pequeñas pruebas. Incluye errores frecuentes y preguntas para escribir.

Cómo saber qué quiero: preguntas y ejercicios para encontrar tu camino

Domingo por la tarde. La semana que viene ya está organizada: reuniones, la compra, la cita del dentista. Entonces una amiga te pregunta, sin mala intención: «¿Y tú qué quieres hacer, en serio?». Sabes perfectamente lo que se espera de ti en el trabajo y en casa. Pero lo que quieres tú, para ti, se queda en blanco.

Le pasa a muchísima gente, y no significa que tengas un problema. Casi todos pasamos años practicando cómo responder a lo que otros nos piden y muy poco tiempo aprendiendo a escucharnos. La buena noticia es que eso también se entrena. Aquí tienes ejercicios concretos, preguntas para escribir y una forma de probar ideas sin jugarte la vida en ello. Y también una parte honesta sobre cuándo estas herramientas no sirven.

Respuesta corta

Para saber qué quieres, te ayuda más observarte y probar que esperar una gran revelación. Escribe 20 deseos en 10 minutos sin juzgarlos. Durante dos semanas, apunta cada noche qué te dio energía y qué te la quitó. Fíjate en la envidia: señala deseos que todavía no te has permitido. Después elige una dirección y pruébala durante una semana con algo pequeño, antes de tomar cualquier decisión grande.

Por qué «¿qué quiero?» es tan difícil de responder

La pregunta suena como si la respuesta estuviera guardada dentro de ti, lista para sacarla. Casi nunca es así. Los deseos aparecen como señales sueltas: esto me interesa, esto me pesa, a esto vuelvo una y otra vez, de esto quiero huir.

Hay tres motivos por los que la respuesta no llega.

La pregunta es enorme. «¿Qué quiero de la vida?» es una pregunta del tamaño de una vida. La cabeza responde con silencio. Si la reduces a «¿qué quiero hacer el sábado que viene?», la respuesta llega en segundos.

Años viviendo de la lista de tareas. Cuando tus días están hechos de obligaciones – trabajo, familia, recados, facturas –, el músculo del «quiero» se debilita. No has dejado de desear cosas. Has dejado de notarlo, porque esos deseos no tenían dónde ir.

Miedo a equivocarte. Mientras un deseo no tiene nombre, no puedes fracasar en él. Decir «quiero dedicarme a la fotografía» es admitir que ahora no lo haces. A veces no saber resulta más cómodo.

Por eso, todo lo que viene a continuación busca hacer la pregunta más pequeña, más concreta y menos arriesgada.

Deseos propios y deseos prestados

Parte de lo que sientes como deseo propio lo has recogido de tu familia, tus amigos, tus compañeros o las redes sociales. «Quiero montar mi empresa» puede significar «quiero que me respeten». «Quiero un piso en ese barrio» puede significar «quiero que mis padres dejen de preocuparse».

Una prueba rápida: imagina que consigues eso, pero nadie se va a enterar nunca. Ni amigos, ni familia, ni seguidores. ¿El deseo sigue igual de fuerte? Entonces probablemente es tuyo. Si se desinfla a la mitad, gran parte era ganas de aprobación.

Una segunda prueba pasa por el cuerpo. Di en voz alta «quiero…» y termina la frase. Si notas algo más de ligereza, calor o impaciencia por empezar, es una señal. Si notas peso, sensación de deber, o te sale un suspiro, quizá es un «tengo que» disfrazado de «quiero».

Un ejemplo

Lucía llevaba años diciendo que quería opositar porque «es lo seguro». Cada septiembre compraba el temario y en octubre lo abandonaba. Con la prueba de «nadie se va a enterar», la oposición perdió casi todo su atractivo. Lo que quedaba era la tranquilidad económica. Buscó esa tranquilidad por otro lado: pidió un contrato estable en la empresa donde ya trabajaba y empezó a ahorrar cada mes. El temario acabó en una caja.

Los deseos prestados no son malos en sí mismos. Querer aprobación es humano. El problema empieza cuando pasas años empujando hacia la meta de otra persona y luego te preguntas por qué no te queda energía.

Ejercicio 1: veinte deseos en diez minutos

Coge papel y pon un temporizador de 10 minutos. La tarea es escribir al menos 20 cosas que quieres. Vale todo: una buena paella, una mañana sin despertador, un viaje a Japón, cambiar de profesión, aprender a nadar bien, una semana a solas.

Las reglas:

  • No pares y no juzgues. Apunta también lo que te parezca «tonto».
  • Mezcla lo pequeño con lo grande. No pasa nada.
  • Cuando se acaben las ideas obvias, sigue. Lo interesante suele aparecer a partir del número quince.

Los primeros diez suelen ser los deseos «correctos», lo que se supone que hay que querer. Después, el censor interno se cansa y empiezan a colarse los de verdad.

Luego repasa la lista y marca:

  • con una estrella lo que te dio calor mientras lo escribías;
  • con un tic lo que podrías hacer esta misma semana;
  • con una interrogación lo que no tienes claro si es tuyo.

Lo que tiene estrella y tic a la vez son tus primeros candidatos para probar en los próximos días.

Repite el ejercicio una vez al mes. Con tres o cuatro listas verás qué deseos vuelven una y otra vez. Los que se repiten son más fiables que los que aparecen una sola vez.

Ejercicio 2: diario de energía durante dos semanas

La cabeza puede engañarte. Lo que observas de ti mismo, mucho menos. Durante dos semanas, al final de cada día, responde dos preguntas:

  1. ¿Qué me dio energía hoy?
  2. ¿Qué me la quitó?

Basta con un par de líneas. Por ejemplo: «Energía: la charla con Javier sobre el proyecto nuevo, volver a casa andando sin mirar el móvil. Desgaste: cuadrar el Excel de gastos, una reunión de una hora en la que no abrí la boca».

Pasadas las dos semanas, léelo todo de una vez y busca lo que se repite. Puede que descubras que explicar cosas a otras personas te carga las pilas y que trabajar a solas con números te agota. O justo al revés. Eso ya es casi una descripción del trabajo y de la vida que quieres más.

Apunta acciones concretas. «Día malo» no te dice nada. «Dos horas rehaciendo la presentación de otro» te dice mucho.

Lo que ganas

En dos semanas tienes datos sobre ti en lugar de suposiciones. Cuando te ofrezcan un puesto o un proyecto nuevo, podrás compararlo con tu lista: ¿te dará más de lo que te carga o más de lo que te agota? Las decisiones se vuelven más rápidas y llegan con menos dudas.

Ejercicio 3: la envidia como brújula

La envidia tiene mala fama y solemos esconderla. Pero para descubrir qué quieres es una de las herramientas más precisas. No envidias a todo el mundo. Envidias a quien tiene algo que tú quieres y no te has permitido buscar.

Haz esto: piensa en tres a cinco personas que te provocan un pequeño pinchazo cuando ves lo que publican o te cuentan sus novedades. Amigos, compañeros, gente a la que sigues en redes. Para cada una, escribe:

  • ¿Qué tiene exactamente que me molesta?
  • ¿Es la cosa en sí o lo que esa cosa le da?

A menudo resulta que el pinchazo tiene poco que ver con el coche nuevo de tu amiga. Lo que te toca es que ella decide su propio horario. O tiene menos que ver con el ascenso de un antiguo compañero de clase y más con que se fue a vivir fuera y empezó de cero. Ese «lo que le da» es tu deseo.

No hace falta castigarte por sentir envidia. En este ejercicio su función es señalar una dirección. Si caminas hacia allí o no, lo decides tú.

Ejercicio 4: un martes cualquiera dentro de cinco años

Los grandes sueños suelen llegar como fotos fijas: una casa junto al mar, un escenario, el pasaporte lleno de sellos. Pero la vida está hecha de días normales. Así que describe un martes cualquiera dentro de cinco años, sin vacaciones ni grandes logros.

Entra en detalle, desde que te despiertas hasta que te acuestas:

  • ¿A qué hora te levantas y dónde?
  • ¿Quién está contigo?
  • ¿Qué haces por la mañana?
  • ¿Cómo es tu trabajo: dónde, con quién, en qué están ocupadas tus manos y tu cabeza?
  • ¿Cómo es la tarde y la noche?

El ejercicio pone a prueba los sueños. Quizá descubras que «tener mi propio bar» en un martes normal significa abrir la persiana a las siete, pelear con proveedores y cerrar de madrugada, y no te apetece nada. En cambio, «horario flexible y trabajar desde distintas ciudades» se escribe solo.

Ahora compara ese martes del futuro con el martes de esta semana. ¿Qué coincide ya? ¿Dónde está la mayor diferencia? Esa diferencia es un buen sitio para empezar.

Preguntas para escribir y saber qué quieres

Estas preguntas se acercan a tus deseos desde distintos ángulos. No intentes contestarlas todas de golpe. Elige dos o tres al día y escribe las respuestas a mano o en el móvil. Las ideas se ordenan mejor en papel que dentro de la cabeza.

  1. ¿Qué hacía de pequeño cuando nadie me obligaba?
  2. ¿De qué puedo hablar durante horas sin aburrirme?
  3. ¿En qué gasto dinero sin arrepentirme?
  4. ¿Qué hago cuando estoy procrastinando? (Muchas veces es justo lo que te gusta).
  5. ¿Por qué me dan las gracias los demás, aunque a mí apenas me cueste?
  6. ¿Qué haría durante un año si el dinero no fuera un problema?
  7. ¿De qué me arrepentiré si nunca lo intento?
  8. ¿A qué personas me gustaría ser útil?
  9. ¿Qué me molesta tanto del mundo que me gustaría arreglarlo?
  10. ¿Qué aficiones mías considero «poco serias», aunque disfruto con ellas?
¿Te suena?

Te sientas a responder, escribes dos frases y piensas: «Esto no sirve, no hay nada nuevo». Es normal. Las primeras respuestas casi siempre son superficiales. El valor aparece cuando vuelves a la misma pregunta una semana después y ves que la respuesta ha cambiado o ha ido más hondo. No lo dejes tras el primer intento.

Pequeñas pruebas antes que grandes decisiones

La trampa más habitual es esta: alguien se da cuenta de que quiere, por ejemplo, dedicarse a la cocina, e intenta resolverlo todo de golpe. Dejar el trabajo, pagar una escuela cara, rehacer su vida entera. La decisión es enorme y da miedo, así que se aplaza durante años.

Funciona mucho mejor el camino contrario: pequeñas pruebas. Una prueba es una forma de comprobar un deseo en una semana o un mes sin arriesgar casi nada.

Algunos ejemplos:

  • ¿Te atrae la cocina? Prepara una cena para ocho personas un sábado y fíjate en cómo te sientes a las once de la noche.
  • ¿Sueñas con una tienda de bicis? Echa unas horas en un taller de barrio o invita a un café al dueño y pregúntale por su peor semana.
  • ¿Te tira enseñar? Da una clase gratis a amigos o graba un vídeo corto explicando algo que sabes.
  • ¿Piensas en irte a vivir a un pueblo? Alquila una casa allí dos semanas en enero, cuando hace frío y no hay nadie.

Después de cada prueba, hazte tres preguntas: ¿me ha interesado? ¿Quiero más? ¿Qué me ha sorprendido? Si las respuestas son «sí» y «sí», diseña una prueba un poco más grande. Si no, acabas de ahorrarte años y dinero, y puedes tachar ese punto con la conciencia tranquila.

Las pruebas quitan presión. No estás eligiendo tu destino. Estás comprobando una hipótesis.

Cómo encontrar tu vocación y por qué no aparece en un fin de semana

«Vocación» suena solemne, como si un día te fueras a despertar sabiéndolo todo. Pasa muy pocas veces. Lo normal es que la vocación se construya despacio: con un interés que no se apaga, una habilidad que crece y algo útil que aportas a otras personas.

Ayudan tres preguntas:

  • ¿Qué me interesa tanto como para seguir investigando aunque cueste?
  • ¿Qué se me da bien, o podría dárseme bien con práctica?
  • ¿Quién lo necesita? ¿Por qué me darían las gracias o me pagarían?

Donde se cruzan las tres respuestas suele estar lo que llamamos vocación. Si de momento no se cruzan, no pasa nada. Significa que hay que ajustar uno de los círculos: mejorar la habilidad, encontrar a quien lo necesita o probar un interés cercano.

Y una cosa más. La vocación no tiene por qué ser tu trabajo. Para algunas personas es el voluntariado de los fines de semana, la música, criar a sus hijos o el huerto. El trabajo puede limitarse a pagar las facturas sin estorbar. También es una elección válida.

Qué te frena según tu situación

La pregunta es la misma para todos, pero los obstáculos cambian.

Si eres estudiante, lo que más pesa suele ser la presión de acertar a la primera. Parece que la carrera decide toda tu vida. En realidad, los veintipocos años son justo el momento de probar: prácticas, trabajos de verano, proyectos con compañeros. Cada prueba es información.

Si teletrabajas, el trabajo y la vida se mezclan en un único flujo. Cuesta saber qué te gusta cuando todos los días se parecen. Aquí el diario de energía es especialmente útil, porque muestra diferencias entre días que desde fuera parecen idénticos.

Si tienes hijos pequeños, te falta tiempo y quizá sientes culpa por cualquier «quiero». Empieza por algo mínimo: 20 minutos a la semana para algo solo tuyo. Te ayuda a no quemarte y a seguir siendo una persona entera al lado de tus hijos.

Si tienes TDAH, es posible que tengas muchos intereses y que cambien rápido. No tiene por qué ser un problema. Lleva una lista de intereses y mira cuáles vuelven al cabo de unos meses. También puedes buscar trabajos con variedad incluida en lugar de intentar elegir una sola cosa para siempre.

Si tu día es una avalancha de mensajes y peticiones, no te queda espacio para tus propios pensamientos. El primer paso es recuperar tiempo: una hora a la semana sin conexión, solo tú y una libreta.

Si estás saliendo de un agotamiento fuerte, puede que no te apetezca nada. El consejo honesto es recuperarte primero. Buscar deseos con el depósito vacío se convierte en otra obligación. Primero dormir, descansar y los placeres sencillos; los ejercicios pueden esperar.

Errores que alejan la respuesta

Esperar la iluminación. Mucha gente pasa años esperando el momento en que todo quede claro. La claridad llega con la acción. Si no pruebas nada, no obtienes información nueva sobre ti y puedes dar vueltas a lo mismo indefinidamente.

Buscar un único deseo para toda la vida. Lo que quieres a los 25 no es lo que quieres a los 45. Si buscas una respuesta definitiva, ninguna opción te parecerá lo bastante segura. Busca lo que quieres para el próximo año o dos.

Confundir «se me da bien» con «quiero». Que seas bueno con las hojas de cálculo no significa que disfrutes con ellas. Mucha gente se queda atrapada en una profesión solo porque es competente en ella. La habilidad importa, pero es uno de los círculos, no todos.

Descartar lo «poco serio». «Me encanta hacer puzles, pero eso no es una profesión». Puede ser. Pero detrás puede haber gusto por el detalle, por el orden y por el trabajo tranquilo y concentrado. Es información valiosa aunque los puzles sigan siendo una afición.

Hacer los ejercicios de cabeza. Es tentador pensar las preguntas en el metro. Las ideas en la cabeza dan vueltas; en el papel se ponen en fila. La diferencia en el resultado es enorme.

Pedir consejo a todo el mundo. Familia, amigos y expertos de internet se contradicen entre sí. Si intentas contentar a todos, tu propia voz se ahoga. Mientras buscas, pregunta menos a los demás y toma más notas sobre ti.

Cuándo estos ejercicios no sirven

Seamos sinceros: hay situaciones en las que estas herramientas funcionan mal o no funcionan.

  • Si hace mucho que nada te ilusiona: has perdido el interés por lo que antes te gustaba, estás sin fuerzas, duermes y comes peor, y esto dura semanas. Puede ser depresión, y ahí hace falta un médico o un psicólogo. En ese estado, ejercicios como estos sobre todo añaden sensación de fracaso.
  • Si estás en plena crisis: una separación, perder el trabajo, un duelo. Primero hay que atravesarlo y encontrar suelo firme. Las grandes preguntas pueden esperar.
  • Si vives bajo presión constante y cualquier «quiero» recibe críticas. Entonces vale la pena hacer este trabajo con un psicólogo que te ayude a separar tu voz de la de los demás.

Los ejercicios de este artículo funcionan mejor cuando en general estás bien, pero la rutina te ha desconectado de ti. Las situaciones más duras necesitan otras herramientas, y no hay nada de malo en ello.

Qué hacer hoy mismo

No tienes que hacerlo todo a la vez. Para hoy bastan tres pasos:

  1. 10 minutos: escribe tu lista de 20 deseos y marca con estrella los que te den calor.
  2. Esta noche: haz la primera entrada del diario de energía: qué te dio fuerzas y qué te las quitó.
  3. Elige una prueba para esta semana, la más pequeña que se te ocurra, y ponle un día concreto.

Dentro de una semana, relee tus notas. No tendrás la respuesta definitiva a «¿qué quiero de la vida?». Pero sabrás más que después de un mes dándole vueltas sin bolígrafo.

Preguntas frecuentes

¿Qué hago si no quiero nada?

Primero comprueba si simplemente estás agotado. Cuando falta energía, los deseos son lo primero que desaparece, y eso no significa que se hayan ido para siempre. Si la apatía dura semanas y ni siquiera lo que te gustaba te dice nada, habla con un profesional. Si es solo una racha gris, empieza por deseos pequeños, como una buena comida o un paseo, y ve ampliando.

¿Cuánto se tarda en saber qué quiero?

Las primeras pistas suelen aparecer en una o dos semanas de diario de energía. Comprobar una dirección con pruebas lleva normalmente unos meses. Probablemente nunca llegue un momento de «ya está, lo sé para siempre», porque tus deseos cambian contigo. Volver a la pregunta una vez al año es una buena costumbre.

¿En qué se diferencia saber qué quiero de ponerme objetivos?

Un deseo es una dirección, algo que tira de ti. Un objetivo es un punto concreto con un resultado medible y una fecha. Conviene entender primero el deseo y después convertirlo en objetivo. Los objetivos sin esa base pueden llevarte a logros que luego no te hacen feliz.

¿Tiene sentido hacer esto con 40 o 50 años?

Sí, y a menudo funciona incluso mejor. Tienes más experiencia, sabes lo que seguro que no te gusta y te importa menos la opinión ajena. Las pequeñas pruebas son especialmente útiles cuando cambiar de golpe una vida asentada da vértigo.

¿Y si mis deseos se contradicen?

Es normal querer estabilidad y aventura a la vez. Prueba a separarlos por épocas o por áreas: un trabajo estable y vacaciones aventureras, por ejemplo. O mira qué hay debajo de cada deseo: a veces los dos responden a la misma necesidad con formas distintas.

¿Debo dejar mi trabajo si me doy cuenta de que no es lo mío?

No necesariamente, y casi nunca de inmediato. Primero prueba la nueva dirección por las tardes y los fines de semana. Cuando las pruebas confirmen que te interesa y que avanzas, planifica el cambio: ahorros, formación, primeros clientes o proyectos.

¿Sirven los test de orientación profesional?

Pueden darte ideas y palabras para describirte, pero no te dan la respuesta. Trata el resultado como una hipótesis que hay que comprobar con pruebas. Si el test dice que te va trabajar con gente y tu diario de energía muestra que las reuniones te agotan, hazle caso al diario.

Do It Today te puede acompañar en este proceso día a día. Pon tus pequeñas pruebas como tareas del día y verás qué está hecho y qué vas aplazando. Convierte el diario de energía en una tarea repetitiva o en un hábito para cada noche, y luego repasa el historial de días pasados para ver cuáles te hicieron sentir más vivo. El tracker es gratuito, se instala en el móvil como una aplicación y se sincroniza entre tus dispositivos.

Pruébalo ahora mismo

Tareas, temporizador de enfoque y hábitos en una sola pantalla. Ábrelo y ves al instante qué hacer.

Empezar gratis
Gratis. Registrarse lleva un minuto.
Paul Breit
Creador de Do It Today

Especialista en marketing y fundador de una escuela online. Organiza su propio día en este mismo gestor: de ahí salieron las tareas con tres estados, el temporizador de enfoque y el historial de días.

Sigue leyendo